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martes, septiembre 19, 2006

De cómo me vi envuelto en una embarazosa situación por falta de agudeza y previsión en acontecimientos desafortunados que no han debido ocurrir, a pesar de ser tan obvios y al sentido común sometidos.

Era yo a la sazón editor del periódico escolar, puesto por el cual pasé muchas angustias antes de conseguirlo. Uno de mis subordinados escribió un artículo con ciertas expresiones ácidas que me resultaban ofensivas; hacía referencia a un escritor que idolatro, de modo que monté en cólera al leerlo.
Los sentimientos humanos, cosa de temer. Pues qué son, más que torcimientos viscerales; conducen a las almas ingenuas a finales que no esperan y que, en realidad, son en principio más lábiles que el viento. Muchas veces he pensado que soy diferente, que mis palabras imprudentes tienen sentido y se autojustifican, mientras que las de los otros son insípidos errores o malogradas hipocresías. La vida me demuestra a cada momento que no es así, pero me niego a creerle a una vida que se sustenta en pequeñeces sensoriales y euforias pasajeras.
Quise también hacer que quienes oían mis ocurrencias leyeran en sus juguetonas palabras un infame acto de ignorancia, arrogancia e irrespeto, lo cual logré a la perfección. Le dije al personaje, algo contrariado por mi desmesurada reacción, después de un apasionado ataque retórico a sus pequeños folios, lo siguiente:
-Este artículo es, por tanto, una blasfemia y no permitiré que pase de esta instancia. Ahora mismo lo corregiré con el encendedor ¿me oyó?
Tomé en una mano el artículo de una punta y el encendedor en la otra, dispuesto a prenderle fuego frente a todos, pero particularmente frente al maravillado redactor, sobre quien se volcaban todos los odios que en la hora anterior mi corazón había anidado.

- ¡Idiota! Si va a jugar con candelita hágalo afuera que nos va a asfixiar- me reclamó otro.

Tenía razón; un salón cerrado no es un buen lugar para inmolar una bruja. Reprimí las lenguas de fuego que empezaban a lamer la punta de los folios y salí a la puerta. Nadie me ponía atención afuera. Aún así, seguí. En este segundo intento se consumió una cuarta parte del profano material. Lo detuve de nuevo porque el viento había metido todo el humo en el salón del cual había salido, de modo que los de adentro empezaban a renegar y zaherirme con poco elogiosas palabras. Tuve que ponerlo en el suelo y pisarlo para ahogar las llamitas; como consecuencia, llené los ladrillos de cenizas.

- ¿A qué se dedica el joven?- me preguntó cadenciosamente una voz a mi derecha. La profesora miraba sorprendida el manchón del piso, que se esparció más cuando traté de juntarlo con el pie. - Recogerá el desorden ¿no?- concluyó mientras se alejaba. Callé por no complicar mi situación (hubiera sido mejor haberle dicho lo que hacía, pues allí habría parado todo).
Renegué un poco y recogí el desafortunado artículo, olvidando por un momento el deber que había de cumplir más tarde sin falta.
- ¿De verdad lo estás quemando? - me preguntó una niña que había estado de acuerdo con mi alegato inicial-. Ten cuidado, y si quedan pedazos al final me regalas uno ¿sí?.
Sin esperar la respuesta volvió al salón, cuyo aire se restauraba poco a poco.
- Esto lo quemo, no se diga más- me dije. Me alejé unos cuantos pasos y volví a encenderlo. Ya las llamas habían consumido la mitad y yo estaba a punto de quemarme. Proferí una maldición y lo lancé a un bote de basura que estaba al lado. Respiré tranquilo y me dirigí a las cenizas del piso para recogerlas. En cuanto me agaché, escuché un crujido a mis espaldas. Volví lívido la mirada adivinando lo que se avecinaba. Efectivamente, aún salía humo del bote, y pocos segundos después asomaban unas tímidas lenguas de fuego el plástico borde. Quiso la mala fortuna que el bote estuviera lleno de papel y servilletas de pasteles impregnadas de aceite.
- Ay carajo, esta mierda se prendió- atiné a decir en una mucho menos elocuente declaración.
Ya el borde del bote, tan desafortunado como yo, empezaba a vacilar recogiéndose lentamente mientras que las llamas ya no eran tan tímidas como hubiera querido. Lo único que hice durante
algunos segundos fue correr alrededor moviendo las manos y soplando con lamentable semblante. Me cogí a dos manos la cabeza cuando un crujido y un claro avivamiento del fuego anunciaban que todo el contenido del bote ardía.
- Uy, ese chino prendió el caneco- exclamó con una amplia sonrisa un niño en la ventana de un salón muy próximo.
- ¿Que qué?- decía el profesor asomándose a la ventana sin entender claramente el significado de las palabras del regocijado infante.
Yo contemplaba la fatídica escena del plástico contrayéndose, despidiendo un humo negro y penetrante, deformando la imagen de las nubes. Cinco segundos después volvía la profesora de antes, salía atónita una secretaria, se asomaban perplejos dos curiosos al segundo piso de la construcción a mis espaldas, el director miraba desde lejos con la boca abierta y los tres salones más cercanos abrían sus puertas para que saliera una emocionada marejada de bulliciosos niños que saltaban y reían mirando ora la catástrofe, ora mi semblante descompuesto, angustiado e incapaz.

Para cuando dejó de salir humo y del bote de basura sólo quedaba un pegote informe en el suelo con cenizas revoloteando en torno con sus tubos metálicos ahumados a los lados, muñones inútiles y liberados de su carga, había a mi alrededor un cerrado círculo de espectadores con las más diversas actitudes. Algunos de mis compañeros de curso habían llegado y reían a carcajadas. El escritor del artículo sonreía victorioso. Una amiga, que bien me quería, parecía compadecerme con una mano en la cara...

La profesora, con el mismo tono de siempre, dijo:
- Muy bonito, joven... siga así.

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Estuvo a punto de pasar

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