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lunes, agosto 28, 2006

De travesuras ruines o La escalofriantemente graciosa historia del pingpong roto

Hoy, recién llegado a mi casa díjele a mi mamá:

-Hay un pingpong destrozado frente a la puerta

Salimos y mostréle los blancos fragmentos de lo que fuera otrora, efectivamente, un pingpong de juguete.

- ¡Niños insufribles! -exclamó-. Ahora me toca ponerme a recoger ese basurero... gente sin oficio y malvada... ¡Para qué hacen semejante cosa!

En mitad de su imprecación tuve un acceso incontenible de risa, que al cuestionarme ella luego sobre tan extraña reacción de mi parte, mientras barría los triangulitos de plástico, justifiquéme del siguiente modo:

- Bueno, hay que agradecer que no fue un huevo, por ejemplo.

Cinco minutos después, estando la puerta abierta, acercóse un niño muy pequeño que apenas balbuceaba; mirando quedamente a mi mamá díjole señalando el piso con contrariado y afligido aspecto:

- Pon...... pon............ pon
- Jairo Andrés, mira, llegó el dueño -llamóme ella.

Haciendo un enorme esfuerzo por no estallar de nuevo en carcajadas, acerquéme a la puerta y mirando al infante dije, con cierto dejo detectivesco:

- De modo que el niño busca el pingpong... pero no lo buscaría si él mismo lo hubiera pisado... por tanto ha debido dejarlo en buen estado y abandonarlo luego por un momento... en ese tiempo, entre su partida y mi llegada, alguien ha debido, concientemente porque no estaban los fragmentos en medio del camino, pisarlo y dejar en el lugar toda la evidencia... pero bueno, eso demuestra que no fue este infante aquí presente quien cometió la fechoría.

Había quedado en el suelo tan sólo un pequeño triángulo de plástico cuyo origen, claramente, el niño, ya un poco lloroso, reconocía. Volvió mi mamá adentro, sin interesarle mucho en realidad mi cuidadoso razonamiento... que tan inútil resultaba. Ella, aparentemente, no sospecho nada y no le importó más el asunto. Quedéme en el umbral de la puerta soportando la acusadora mirada del bebé, quien sí parecía adivinar el verdadero culpable.

Ni siquiera su enternecedora carita acongojada me hacía olvidar la gracia que me produjo -y me seguía produciendo en mi memoria, pues resultábame cada vez más difícil evitar la risa- el momento en que vi aquel pingpong abandonado blanco y redondo frente a mi puerta. No lo había pensado dos veces; no había visto a nadie en los alrededores ni atisbando en las ventanas. Fue absolutamente irresistible. Disfruté muchísimo el crujir seco y veloz bajo mi suela, pero al ver luego el desorden formado decidí entrar reprimiendo las deliciosas carcajadas que se me agolpaban y anunciarle sin ningún remordimiento a mi mamá:

-Hay un pingpong destrozado frente a la puerta.

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Sé muy bien lo felón y profundamente censurable de mi conducta. No tengo excusa. Me sigue pareciendo gracioso; no me arrepiento y lo volvería a hacer... "Qué asco de persona", pensaréis, oh lectores....... tenéis razón.... "Qué cinismo, qué procacidad tan desvergonzada".... también.

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